Evocación de los 30 años

Treinta años podrían ser un siglo
si sufridos a fría sangre son
al saber saturados los sentidos
de veneno que ciega la razón.

Pudo ser tan humilde Cristo el Hijo
que lavaba los pies a sus hermanos,
y dejó que lo hicieran crucifijo
mientras otro frotábase las manos.

Es difícil al ver sangrar las suyas
perdonar al miedoso que lavó
en plateada bandeja hasta las uñas,
acto aquel que al verdugo lo llevó.

Deberían los años ser eternos
si el mensaje de Cristo se viviera,
mas la fe de este mundo pega cuernos
permitiendo alternar de santo a fiera.

Voy a entrar en materia, compañero.
No se asuste si el verso lo confunde.
Con rodeos andaba, admito, pero
ya hablaré de esta patria que se hunde.

¿"Que se hunde", he dicho? No era eso.
¡Ay mi madre! Si el chivo me escuchara
contaría las horas, y mal preso,
hasta ver que el destino me llamara.

Quiero hablar de los años que decía,
pero temo de sólo recordar
cuanto miedo infundió la tiranía.
No resisto las ganas de llorar.

En mi casa mandaban dos poderes.
Eran Dios y Trujillo mis señores.
Eran suyas mis fuerzas y mujeres
y los supe llamar benefactores.

No podía saber la diferencia.
A los dos era fiel y obedecía,
e infinito su loor no tuvo ciencia
hasta que uno llegó por la hija mia.

¿Y es verdad que está muerto?, me pregunto.
¿Ha temblado su gracia celestial?
Me convenzo, señor: ha muerto y punto.
¡Era un hombre cualquiera el animal!

Cristino Alberto Gómez
27 de marzo de 2008

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