La localidad del desarrollo

Por Cristino Alberto Gómez (@CristinoAlberto) /Nuestro Tiempo
Proceso decisional para el manejo comunitario de la Microcentral 
Hidroeléctrica de El Higuito, San José de Ocoa. Foto: Michela Izzo.
La idea que se ha vendido del desarrollo es tradicionalmente promotora de los modelos socioeconómicos imperantes, basados en el consumo y la implícita consideración de los recursos como abundantes e inagotables. Sin embargo, la decadencia de esta visión y los efectos de su difusión motivan a replantear el entendimiento, el origen y la práctica del desarrollo.
Formalmente se llama desarrollados a los países que tienen un alto nivel de vida, alto índice de desarrollo humano y crecimiento comercial o industrial. En la práctica, el indicador “por excelencia” es el Producto Interno Bruto (PIB), que mide la actividad económica en el país durante un período determinado, normalmente de un año. Al calcularlo se pretende estimar el nivel de bienestar material, sin embargo lo que realmente refleja son los niveles de consumo de la población. Bajo esta idea, si un país se plantea utilizar de manera racional los diferentes tipos de recursos disponibles (los naturales incluidos), se espera que el PIB no sea particularmente alto. Esto lo alejaría de ser considerado un país desarrollado.
Una visión orientada hacia el consumo con motivo de fortalecer el capital ignora incluso una premisa fundamental de la economía: que los recursos son limitados y escasos. En cada espacio y momento se promueve en la población el consumo de bienes y servicios, incluso irrelevantes, con el fin de hacer crecer la actividad económica. Mientras tanto, se olvida que en relación con el ser humano y su colectivo social el desarrollo es otra cosa.

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