Dios bendiga a los maestros

Hoy se celebra el día del maestro en la República Dominicana. Quiero extender una felicitación general a todos los maestros del país y del mundo, hombres y mujeres.

Aprovecho este día para recordar una de las conversaciones que he tenido con mi primer maestro de la escuela, el profesor Sebastián Trejo Gómez, mejor conocido como Radhamés en la que me contaba que él desde muy pequeño soñaba con el oficio de la educación, sobre todo al reflexionar sobre las lecturas del catecismo, a través de las cuales conoció al Maestro, Jesús, cuyo ejemplo le inspiraba.

Así fue: el profesor Radhamés empezó a ejercer la función no bien terminada su carrera formal en la universidad, a la que asistía cada sábado. Tenía diecinueve o veinte años. Recuerdo incluso el día en que cumplió los veinte o los veintiuno (mi matemática todavía no era muy buena), cuando su madre fue a felicitarlo allá en la escuelita donde él daba clases a los tres primeros grados. Era el año 1991. "Esta es la hija mía más vieja", dijo el profesor. Yo, que entonces tenía cuatro años, se lo creí hasta escucharle decir que se trataba de su madre, Doña Jacinta Gómez Pichardo.

Antes que yo cumpliera los cuatro años, y cinco mi hermano Luis Bienvenido, ambos habíamos sido instruidos por nuestros padres en la lectura, y con ellos habíamos aprendido también los números del uno hasta el cien. Nuestra hermana Brunilda Catalina había pasado al tercero, pero había sido víctima, junto a todos sus compañeros de curso, de una acción brutal que ejerció su anterior profesor, quien al ser trasladado restó dos grados a todos los niños.

Yo recuerdo como ahora que los compañeros en los tres grados, así como otros vecinos, se divertían conmigo pidiéndome contar hasta cien. El pequeño niño, que inicialmente asistió como oyente (una especie de preparación para posteriormente entrar en el primero, pues no teníamos preescolar), atendía a las clases de todos los cursos y en pocos días entendería las operaciones matemáticas y los textos destinados para los del segundo y el tercer curso.

El profesor presentó mi caso al distrito escolar, pues, a pesar de la poca edad que tenía, reflexionaba Radhamés, ese niño contaba con la capacidad para tomar clases normales con los demás alumnos; es más, con los del segundo grado. Efectivamente, en unos días llegaría el supervisor del distrito a a evaluar la situación, por lo que Radhamés solicitó a mis padres que me dejaran ir con él a estudiar algunas palabras. Así fue. En la mañana de un domingo, en casa me ponían ropa y zapatos, ayudándose con un el mango de una cuchara para poderme poner estos últimos, porque venía el profe.

El medio de transporte predominante era "el once", como llamamos familiarmente al caminar a pie. El maestro Radhamés me llevó al hombro durante la hora que separaba nuestra casa de la suya. Allí me enseñó los números de tres cifras y me dio un reforzamiento en la lectoescritura. Luego me hizo un dictado de números y palabras.

Esa misma semana fue la visita del supervisor distrital, quien se limitó a pedirme que dibujara una casita en la pizarra. Fui admitido junto a Luis en el primer grado.

Desde aquella primera experiencia educativa, tuve en Radhamés un excelente ejemplo de lo que es ser un verdadero maestro... el que comparte lo que sabe incondicionalmente, con vocación y entrega.

Posteriormente fui alumno de otros verdaderos maestros, como Ignacio Ferreira, Teodoro Muñoz, Manuel de los Santos (hoy fallecido), Darío Núñez, entre otros. Cada uno de ellos ha aportado mucho a mi formación, y es grato recordar que ellos han contribuido con la educación de miles de jóvenes en nuestras comunidades.

Cada uno de los que hemos vivido la bella experiencia de ser estudiante tenemos en nuestra memoria, además del conocimiento que nos han aportado, los recuerdos que nos ayudan a reconocer una y otra vez la excelente labor que han realizado nuestros maestros.

Felicidades en este y todos los días, maestros dominicanos. Dios les llene de bendiciones.

Cristino Alberto Gómez
30 de junio del 2008

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