Mwen se avèk ou, Ayiti (Estoy contigo, Haití)


Mi hermano Luis y yo nos miramos al mismo tiempo y nos despegamos del escritorio donde la joven que nos atendía nos preparaba los discos que comprábamos en Santiago. Uno de ellos era de Luis Segura. Lo había elegido porque contiene la canción "Dios mío, no nos desampares", de la cual hube escuchado por primera vez hacía varios años un fragmento como parte del video La Violencia del Poder, de René Fortunato. Es una canción que me llega al alma.

"Ven acá, ¿quién es que lo está moviendo?", pensé mientras miraba a las tres muchachas que estaban al lado interior del escritorio. Luis ya caminaba hacia afuera. "Está temblando la tierra. Cristian corre para acá", me dijo desde la puerta. De alguna parte sacaba un poco de tranquilidad. No, aquello no era tranquilidad sino suspenso. Miraba los artículos moverse, colgando a través de todo el establecimiento. Luis me llamó nuevamente preguntando si me quedaría adentro. Lo seguí.

Había lo que he decidido denominar una ligera brisa total. Edificios, lámparas, árboles. El elevado de la Avenida Estrella Sadhalá también se mecía al punto que llegamos a pensarlo en posibilidad de caer en cualquier momento.

Una de las muchachas salió atormentada, nerviosa, y corrió un poco por la acera. La llamamos diciendo que ya todo estaba bien, que había pasado. "Mi niño está en una segunda planta". Las lámparas de la avenida iban de un lado al otro. Estimamos en un minuto los síntomas del fenómeno. Nunca habíamos presenciado semejante situación.

No logramos realizar llamada alguna en la primera media hora. Escuchamos la Z 101 y logramos enterarnos así de algunas noticias preliminares, entre ellas el derrumbe de un hospital en Haití.

Pensé que tal vez no había consecuencias mayores; hasta el momento no se registraban pérdidas humanas y eso parecía alentador. Miramos un poco la Televisión. El Canal 7 entraba en contacto con reporteros de diferentes zonas de República Dominicana. CNN intentaba encontrar informaciones reales. Todo parecía inferior a lo que se descubriría a medida que llegaba el día de hoy. Se desplomaron muchos edificios, dejando sepultada una cantidad de personas que todavía no se ha podido cuantificar completamente. El Palacio Nacional no fue la excepción.


Es triste pensarlo, sentirlo como una aguja que entra en el corazón y me recorre internamente de arriba abajo, saber que es una dura realidad que parte el alma.

Siento mucho cariño por Haití y en este momento sufro sus heridas. Se me hace amargo este momento en que escribo aquello para lo cual quisiera no tener circunstancia alguna. Ahora me queda compartir con quien lea estas letras, como con cada afectado de alguna manera por los efectos del inesperado fenómeno sísmico de ayer, el dolor y a la vez la esperanza en Dios por la paz de las familias y el retorno a la normalidad de los humildes pueblos de Petion Ville, Carrefour, Port'au Prince y en general de nuestra hermana república, Ayiti.

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