Salomé Ureña Díaz en mi bohío

Cristino Alberto Gómez
21 de octubre de 2010
(Foto tomada de www.escritoresdominicanos.com)
Hoy se conmemora en República Dominicana y en Hispanoamérica el aniversario número 160 del nacimiento de una gran mujer. Se trata de Salomé Ureña Díaz, poeta y educadora, conocida tanto por sus versos patrióticos y sentimentales como por su lucha en favor de la educación de la mujer. 

En los tiempos cuando Salomé creció, en la República Dominicana la mujer no podía recibir más que la educación primaria. Aprendió a leer y escribir con su madre Gregoria Díaz y León; a través de su padre el poeta costumbrista Nicolás Ureña de Mendoza se acercó a la lectura de los clásicos, desarrollando una sólida formación intelectual.

En 1880, a sus 29 años de edad, contrajo matrimonio con el también escritor Francisco Henríquez y Carvajal, de cuyo matrimonio nacerían Francisco, Pedro, Max y Camila. Un año después fundó el Instituto de Señoritas para educación secundaria femenina, de donde se graduaron las primeras educadoras del país. 

Salomé Ureña Díaz escribió para varios periódicos donde publicó sus poemas, que suelen clasificarse en tres categorías: patrióticos, sentimentales e indianistas. 

Entre sus poemas más conocidos se encuentran: "Ruinas", "Mi Pedro", "El ave y el nido", "Sombras", "A Quisqueya" y "La llegada del invierno". Salomé Ureña es destacada entre las más notables poetas de la América Hispana. 

He aquí una de sus composiciones:

CARIDAD

Pasó la tempestad.. . ¡Emprende el vuelo
como el ave del área,
espíritu de amor y de consuelo!
Que ya el iris de paz su franja enarca,
se alegra el firmamento
y se adormece el mar y calla el viento.

De nuevo olivo la celeste rama
en horrorosa angustia
desventurada multitud reclama:
los seres ¡ay! que con el alma mustia
contemplan entre asombros
deshechos sus hogares en escombros.

Llega trayendo con amante giro
en voz conmovedora,
en la rítmica nota del suspiro,
un eco de esperanza bienhechora.
de caridad sublime
que la fe aliente y el valor reanime.

Recorre de Quisqueya las hermosas
comarcas florecientes:
escenas de amargura, lastimosas,
los ojos miran al girar dolientes,
¡y yermas, desoladas,
las campiñas del sur infortunadas!...

Sopló sobre ellas en momento aciago,
con ímpetu sin nombre,
la pavura sembrando y el estrago,
conturbando el espíritu del hombre,
indómito, furente,
el huracán del trópico rugiente...

¿No ves sobre la playa los despojos
del contrastado leño
que atestiguan del ponto los enojos?
Allá los restos del hogar sin dueño
despedazados mira
publicando el furor del viento en ira.

Y los campos también ayer cubiertos
de mieses productoras
desnudos ¡ay! aparecer desierto:
¡se encresparon las aguas, bramadoras,
y el desbordado río
sorbió feroz el bienhechor plantío!...

Todo ceder al general trastorno
en rápidos instantes
de esa bella región miróse en torno,
y haciendas pingües y riquezas de antes,
y generosas vidas,
del estrago en la ruina confundidas.

Llega buscando el óbolo bendito,
la cariñosa ofrenda
que atesora de bien precio infinito;
y así llevando la valiosa prenda,
volemos en ayuda
del desvalido, el huérfano, la viuda.

Escucha la plegaria que levantan;
en numeroso coro
ya las manos se extienden, se adelantan
a enjugar de sus párpados el lloro
a preparar abrigo
al que sin techo se encontró mendigo.

Y a más allá de do la vista alcanza,
del viento y de la nube,
¡oh, santa caridad! en tu alabanza
eco de gratitud al cielo sube,
y ufanos te bendicen
seres que al mundo tu excelencia dicen.


Salomé Ureña 

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