Un día mundial... ¿a nuestro estilo?

Varios episodios durante el desarrollo de la actividad sobre el Día Mundial de la Alimentación, realizada ayer miércoles 16 de octubre en Merca Santo Domingo, hace comprensible, no por ello justo, el desprecio que nos tienen otros pueblos. Un mejor control de la situación habría evitado que la forma hiciera trizas el fondo del evento.
La actividad, que estaba prevista para iniciar a las 10:00 AM, comenzó una vez finalizada la reverencia a la vicepresidenta, unos 47 minutos más tarde que la hora prevista, como históricamente todo acto oficial, tradición que se esperaba en la actual gestión gubernamental se fuera superando. 
El día anterior, la persona que institucionalmente me había extendido la invitación para participar con estudiantes en la actividad me comentó que había llamado a los organizadores para decirles: "Nosotros no perdemos tiempo con los muchachos. Díganos si es para empezar a las 12, que de ser así nosotros aprovechamos las primeras horas de clase". Del otro lado le respondieron que podíamos llegar a las 9:45 sin miedo ni duda, que la actividad iniciaría puntualmente.
A las 10:45 de la mañana llegó finalmente la conferenciante principal, quien fue recibida con aplausos y de pie, con mucha reverencia, celebrando la delicadeza de poner en espera a alrededor de dos mil personas que habían llegado puntualmente de acuerdo con la hora acordada. Si no se toma en cuenta que gran parte de esas personas había llegado antes de las diez en punto, se estimar que dos mil personas permanecieron durante 45 minutos esperando el inicio de la actividad, calculándose en un total de 1500 las horas perdidas. Si se convierte a días de trabajo, estamos hablando de la pérdida de 187 jornadas y media. He ahí la importancia de la puntualidad, sobre todo cuando queda en suspenso un público tan numeroso.
A los alrededores, en varios quioscos se había estado brindando café, queso, yogur y otros productos que la gente degustó para hacer más llevadero el tiempo de espera. Sin embargo, estas actividades, e incluso algunas presentaciones videográficas con sonido, continuaron a través de una buena parte del evento. Mientras tanto, el público inquieto en las filas y en los asientos seguía conversando en charlas paralelas a las conferencias principales. 
Hay que tomar en cuenta que, aún cuando algunos presentes por razones diversas no nos levantamos de nuestros asientos por su tardía llegada, estábamos en compañía de la vicepresidenta de la República, la segunda representante del Poder Ejecutivo en un país que se llama organizado. Además contábamos con la presencia de varias instituciones nacionales e internacionales, incluyendo al representante de la FAO en la República Dominicana. Por otra parte, y esto debe tomarse muy en cuenta, estaba presente una vasta representación la futura generación de funcionarios de esas y otras instituciones: los estudiantes.
Aquellos que me acompañaban eran parte de ellos. "Profe, pero no se oye lo que dicen", "se oye más la bulla que la conferencia", "esta gente sí es mal educada", "¿por qué no le decimos a ese policía que los mande a callar?", "Cristino, ¿usted oye algo?", "¿qué fue lo que dijo?" fueron algunos de sus comentarios en baja voz. "A ese policía no hay quien lo mueva de ahí, mis hijos. Donde lo colocan tiene que permanecer", respondí, sabiendo que en ese momento aportaba al inquieto murmullo pero que entonces valía la pena. "No te apures, que voy yo". 
Tomé el pasillo principal y me abrí paso entre unas sillas sorprendentemente vacías. Eran de la gran cantidad de personas que seguía en las filas, allí desde donde salían las más altas voces. Me dirigí primero a todas las personas pero evidentemente sólo me escucharon quienes estaban en la fila más cercana. "Señores: ustedes están hablando tanto que se oyen más que la conferencia principal. La gente quiere escuchar la conferencia principal". "Pero no somos nosotros; son los de ese lado", me respondió una señora, apuntando a las dos filas contiguas, llenas sobre todo de estudiantes de escuelas públicas, a juzgar por sus uniformes color azul celeste con base caqui. Digo filas significando grupo de personas que acuden una por una a recibir un servicio, en este caso los brindis, pero de no ser por el fin sería más apropiado el término tumulto para describir lo que allí se vivía.
"¡Queremos escuchar la conferencia principal!", dije voz subida procurando que el mensaje llegara a todos. El silencio se fue acercando. "¡La gente que está sentada quiere escuchar lo que se dice! ¡Con la bulla de ustedes no se logra entender nada! ¿Estamos de acuerdo?" Un colectivo "¡Sí!" pareció regular la situación al menos en parte. En lo adelante continuó el murmullo entre la gente que estaba sentada, pero se mantuvo apagado el foco principal del extremo desorden que presenciábamos. "¿Y qué fue lo que usted le hizo?", se me preguntó al regreso, dejando notar que un cambio había ocurrido. 
Ya habían pasado las primeras participaciones, incluyendo la proyección de tres vídeos ganadores del Festival del Minuto por el Derecho a la Alimentación. El primero de ello se entendió muy bien porque las imágenes se explicaban por sí solas. También se proyectó durante varios minutos un mensaje en inglés con pequeños subtítulos en español, que a pesar de que en cualquier idioma no se escucharía por las antedichas razones, consideré de poco agrado que se hiciera en inglés y no traducido por el tipo de público que presenciaba la actividad y por tratarse de un acto oficial en un país donde existe un solo idioma oficial, el español o castellano.
No todo en la actividad careció de orden. La manera como estaba arreglado el lugar en la temprana hora cuando nuestro grupo llegó mostraba una buena organización previa. Mis alumnos aprovecharon el tiempo para establecer contacto con las organizaciones que exponían sus productos mientras conversé con amigos que no veía en años. Aquellos se emocionaron al relacionarse con personas vinculadas al sector y poder conversar en lenguaje técnico, según luego me expresaron. Puntos importantes fueron tratados en relación a la seguridad alimentaria. Excelente habría sido si no hubieran quedado arropados por todo el amplio resto dominado por el recuento de los esfuerzos clientelistas para anestesiar la pobreza.
Al final de la actividad, amenizado por un grupo que cantó al ritmo de los atabales, muchos productos de la actividad agrícola fueron donados por las organizaciones expositoras al público, en honor al Día Mundial de la Alimentación e implícitamente a todas las personas que trabajan para que cada día más seres humanos vean efectivo su derecho a disponer de alimentos en la calidad y cantidad necesaria para llevar una vida saludable.

Cristino Alberto Gómez
17 de octubre del 2013

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